miércoles, 5 de junio de 2013

Estallido Social en Estambul

ESTALLIDO SOCIAL EN ESTAMBUL 

En los últimos siete días las redes sociales se han ido llenando de imágenes de los acontecimientos que están ocurriendo en la ciudad turca de Estambul. La que en otra hora fuera capital del Imperio Otomano se ha convertido en la última semana en un campo de batalla donde miles de manifestantes de todo tipo de procedencia se enfrentan a la represión de las fuerzas policiales auspiciada por el primer ministro Recep Tayyip Erdogan. 

Los acontecimientos que se están desarrollando en la plaza Taksim y el parque Gezi, que ya están siendo denominados como la “primavera turca”, recogen importantes lecciones vivas que los marxistas debemos analizar para entender qué es lo que está ocurriendo en Estambul. Así evitaremos caer en las informaciones sensacionalistas que se nos ofrecen desde los medios de comunicación burgueses que, después de varios días emitiendo cualquier información al respecto, han empezado a ofrecer su particular visión de los hechos. 

El capitalismo voraz y el urbanismo 

El inicio de las revueltas se encuentra en los planes por parte del gobierno de Estambul, originados y apoyados desde el gobierno turco, de destruir el parque Gezi en la popular plaza de Taksim. El proyecto de destruir uno de los pocos puntos verdes que quedan en la ciudad turca fue comunicado por el primer ministro Erdogan en el año 2011, meses antes de las elecciones generales. Erdogan, dirigente del partido musulmán conservador AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo), lleva 10 años en el poder, 10 años en los que se ha caracterizado por llevar adelante reformas en la ley del aborto o de los partos por cesárea, ajustándolos más al dogma islámico. Al mismo tiempo se ha demostrado como el más fiel servidor de la burguesía turca y del imperialismo estadounidense y europeo. A Estados Unidos le interesa potenciar el oleoducto que extrae recursos del mar Caspio y que pasa por Azerbaiyán, Georgia y dando salida por Turquía evitando así los territorios de Irán y Rusia, diversificando las fuentes de energías. Al mismo tiempo es un punto de control para las operaciones militares sobre la región del próximo oriente, sobre todo con los acontecimientos de la Primavera Árabe, Siria y el conflicto palestino. Entre las maravillas de los últimos años también se encuentra la liberalización y privatización de sectores clave de la economía turca que han aumentado más la dependencia del Estado turco del capital extranjero.

El gobierno autoritario de Erdogan pretendía la destrucción del parque Gezi para reconvertir la zona en un complejo de apartamentos en una de las zonas más céntricas de Estambul y en un centro comercial. Todo esto se cubre con la idea que tiene el gobierno de eliminar la afluencia de vehículos del centro de la ciudad, construyendo una red de túneles debajo de la plaza Taksim. Sin embargo, cuando se presentó el plan completo se descubrieron las intenciones en referencia al parque Gezi. 

La destrucción de la vida urbana local de Estambul está en el orden del día. El desarrollo del urbanismo sirve al capitalismo para absorber los excedentes de capital en procesos largos y costosos que favorecen los ciclos de acumulación del capital mientras mantiene ocupado al excedente de mano de obra. Al mismo tiempo reproduce una forma de ciudad ligada al capitalismo a través de la especulación urbanística con el suelo y los inmuebles, sobre todo en una zona tan céntrica como la de la plaza Taksim. La ciudad y su calidad de vida se transforman en mercancías junto a todo lo que va ligado a ella, como los centros comerciales, que se convierten a su vez en un gran negocio. 

La cuestión de clase también la encontramos aquí. La reestructuración urbana que se ofrece con procesos como el de la plaza Taksim y el parque Gezi van orientados a expulsar de centros que ofrecen oportunidades de negocio al capital financiero y comercial, a las clases más pobres y trabajadoras. La gentrificación, nombre que recibe este fenómeno, consiste en la transformación urbana en el que la población original de un sector o barrio deteriorado y pobre va siendo desplazada por capas de la pequeña burguesía enriquecida o de la burguesía, como consecuencia de políticas de desposesión y recalificación urbanísticas. Este fenómeno era explicado por Engels en 1872 en su “Problema de la Vivienda” y por el también marxista David Harvey y otros geógrafos urbanos de la izquierda en épocas más recientes. 

Así podemos entender los cambios que pretende el gobierno turco y que ha empezado con la destrucción de elementos tradicionales de la plaza Taksim como la pastelería Inci, que llevaba desde 1944 en el mismo local, o los cines Emek, una sala de proyecciones independiente en funcionamiento desde 1924 y que es la sede del Festival de Cine de Estambul. Estos elementos forman parte de la vida local urbana de Estambul, son queridos por los vecinos de la plaza y barrios adyacentes que hacen su vida habitual en la plaza y en el parque Gezi. Construir un centro comercial y un complejo de apartamentos sólo destruirá esta vida local, que por otro lado bajo las actuales condiciones del capitalismo que sacuden Turquía será cada vez más empobrecida. Las desigualdades han ido aumentando en los últimos años, en los que la parte del PIB representada por las manufacturas ha ido aumentando hasta alcanzar el 25% en el año 2008. La crisis golpeó con fuerza en el año 2009 lo que hizo que el PIB se desplomara casi 4 puntos, dejándolo en un 4’6 que pudo recuperarse a costa de empeorar las condiciones sociales y creando el caldo de cultivo para el estallido actual que está protagonizando la clase trabajadora y la juventud.

La lucha de la juventud y de la clase obrera 

El 28 de mayo vecinos y movimientos ecologistas de Estambul se manifestaron en el parque Gezi contra la destrucción del espacio común. Al día siguiente, el primer ministro Erdogan señaló que no iban a ceder ante nadie y que el proyecto de urbanización iba a seguir su curso. En señal de protesta y como forma de lucha, los vecinos de la plaza Taksim decidieron acampar y ocupar así el parque para frenar el paso de las máquinas que pretendían levantarlo. Esa misma noche los antidisturbios cargaron contra los vecinos provocando una ola de indignación que encendió los motores del movimiento estudiantil y del movimiento obrero que acudieron desde diferentes puntos de Estambul a defender a la gente que acampaba en la plaza Taksim y el parque Gezi. En la memoria del movimiento quedarán las imágenes de miles de personas cruzando el puente Bósforo en dirección al centro de Estambul. 

La unificación de los movimientos de resistencia urbanos con los trabajadores y las organizaciones tradicionales de éstos abre un nuevo marco para la relación de fuerzas en Turquía. La lucha contra Erdogan, que tachaba a los miles de manifestantes como “anarquistas marginales, ateos, instigadores extranjeros y detractores del gobierno”, se ha ido recrudeciendo estos días. Son miles de heridos debido a la brutalidad de la represión policial, como atestiguan las imágenes que circulan por las redes. Según Amnistía Internacional han sido dos los fallecidos por la violencia policial, uno de ellos por un disparo. Los detenidos se acercan a los 2000 y teniendo en cuenta la dinámica que está adquiriendo la situación en Estambul, pueden ir a más. Más de 150 policías han sido apercibidos por negarse al recibir órdenes de cargar contra los manifestantes, la solidaridad de los vecinos de Estambul se ha demostrado en que desde hoteles, tiendas y casas particulares de la céntrica plaza se han abierto para dejar entrar a los manifestantes para resguardarse de los gases lacrimógenos que, se han agotado en Estambul y están siendo traídos desde poblaciones cercanas. Los conductores de autobús cruzan éstos en las calles para evitar que la policía pueda seguir persiguiendo a los manifestantes.

Las muestras de solidaridad del resto del Estado turco e internacionalmente no han tardado en llegar y desde la capital Ankara la concentraciones no cesan. Tal ha sido la ola de indignación que los propios sindicatos han convocado para los próximos tres de junio una huelga general como respuesta a la represión del gobierno. El Partido Comunista de Turquía se está poniendo a la cabeza de las movilizaciones que no sólo buscan la defensa del parque Gezi en Taksim, sino la inmediata dimisión del gobierno despótico y autoritario de Erdogan. Mientras se escriben estas líneas los funcionarios y estudiantes se encuentran en su primera jornada de huelga que se irá extendiendo a los próximos días.

Y mientras ocurre todo esto Sucit Kilic, ministro de deportes de Turquía y Kadic Topbas, alcalde de Estambul, lamentan cínicamente que las revueltas alejan la posibilidad de que la ciudad se convierta en la sede de los Juegos Olímpicos para el año 2020. Lamentan que la imagen deportiva del país se vea dañada por las revueltas de unos “anti-sistema” que son la gran masa de trabajadores y desposeídos de la ciudad turca, a los que se quiere expulsar de su propia ciudad. Lo que no cuentan es que para semejante evento como unas Olimpiadas, Estambul tendrá que construir 20 instalaciones deportivas por valor de unos 1.900 millones de euros. Esta es la verdadera cara del capitalismo en Turquía, la expulsión de familias obreras de sus casas para “rehabilitar” el barrio y la degradación del medio ambiente no importan siempre y cuando se pueda favorecer que esos terrenos vayan a parar a especuladores para que hagan su agosto. Las lamentaciones vienen de poder perder esos beneficios que daría la construcción de las instalaciones.

El Derecho a la Ciudad

Las dimensiones que está adquiriendo el proceso turco parecen indicar que se prolongará en el tiempo. La “más demócrata” de las dictaduras de Oriente Próximo, la europeizada Turquía, entra en un ciclo de turbulencias. Las masas turcas levantándose contra la pobreza general, reclamando el derecho a protestar en los espacios públicos de sus ciudades, no hacen otra cosa que reclamar el derecho a la ciudad, a reproducir y crear unos modelos de vida lejos de los que intenta imponer el capitalismo voraz que pretende eliminarlos en su búsqueda del máximo beneficio. Marx explicaba que entre derechos iguales decidía la fuerza. El contenido al derecho a la ciudad se lo puede dar o bien la clase obrera o, como sucede ahora, la burguesía. Bajo el capitalismo el derecho a la ciudad se convierte en el derecho de la burguesía a disponer de la ciudad, de los espacios públicos a su antojo, por el único hecho de disponer del dinero y de los medios de producción. 

Los trabajadores deben ser los dueños de sus propias ciudades, pues es donde estos continúan su vida cuando salen de su puesto de trabajo. Es la ciudad donde se expresan el resto de formas de explotación de clase que trascienden a la fábrica “una vez que el obrero ha sufrido la explotación del fabricante y ha recibido su salario en metálico, se convierte en víctima de otros elementos de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etcétera”[1]. Eliminar estas formas de explotación requiere, además del control de los medios de producción por parte de la clase trabajadora, arrogarse el derecho a la ciudad, que el contenido de éste lo determine la clase obrera. La comuna de París nos muestra como ejemplo histórico el papel de la ciudad en la revolución. Entre las primeras medidas de la Comuna se encontraban la supresión del trabajo nocturno (medida laboral) y la imposición de una renta de alquiler de acuerdo a los salarios (medida social). 

El intento del capital turco con Erdogan a la cabeza de despolitizar y desocializar la céntrica plaza de Taksim y el parque Gezi se va a enfrentar al movimiento organizado de los trabajadores, la juventud y restos de movimientos sociales de Estambul. Es urgente elaborar un plan de lucha que permita tumbar rápidamente al gobierno y que una a más sectores a la lucha contra el gobierno. Se hace imprescindible la formación de consejos de trabajadores por fábricas, tajos y empresas, así como consejos de vecinos por los barrios de Estambul que se extiendan rápidamente por todo el país y consejos de estudiantes por los centros de estudio. Los sindicatos de clase y los partidos de la izquierda deben tomar la cabeza de este movimiento y darle una dirección seria para llevar adelante las tareas y poner en marcha la revolución: echar a bajo el gobierno de Erdogan, poner los principales medios de producción bajo el control democrático de los trabajadores y poner rumbo a la transformación en líneas socialistas de la sociedad.




[1] Marx, Carlos, Engels, Federico, El Manifiesto Comunista, pág. 35, Fundación Federico Engels, 2004, Madrid. 

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