domingo, 22 de julio de 2012

las piedras del camino


Recordaba ayer, en un pequeño acto delante de la embajada noruega, una de sus trabajadoras enviada por el embajador noruego en funciones, que el pueblo español (y por extensión añado yo: el pueblo vasco, el gallego, el catalán, el andaluz y tantos que faltan) que en el Estado español ya sabemos lo que son los atentados fascistas, ya que justo hace 76 años se cometía el que sería el último intento de la burguesía recalcitrante española por mantener el control del país. Decía ayer esta simpática mujer de rasgos nórdicos que en la isla de Utoya, en el año 2011 (sólo hace un añito) se descubría una plaquita de esas que suelen llamar conmemorativas, que intentaba poner en justo lugar la memoria, a veces por tantos y tantas olvidada, de los brigadistas internacionales noruegos que vinieron en el año 1936 a defender la República Española y a marchar junto a la clase trabajadora de este país en el duro camino de la revolución social. Eran en su mayoría estos brigadistas, militantes de las juventudes laboristas noruegas. Cientos de ellos dejaron sus vidas en tierras españolas, y a ellos se rendía un escueto, pero necesario homenaje, en aquella isla noruega, donde las juventudes socialdemócratas celebran todos los veranos sus escuelas de formación.


Quién iba a decir a esos jóvenes que homenajeaban a los caídos en tierras lejanas por lo que algunos consideramos la causa más justa, que un día después, el terror que fueron a combatir sus abuelos, les visitaría con la misma rabia desatada que entonces. El 22 de julio de 2011, Anders Behring Breivik, al que todos los periódicos burgueses definen como un “loco” islamófobo, anti-inmigrantes, ultraderechista y ultracatólico, descargó sus armas contra los jóvenes laboristas, segando de un plumazo la vida de 69 de ellos. El terror invadió un país, pues si en la isla de Utoya ocurría esto, en el centro de Oslo una bomba también colocada por el mismo sujeto, más bien tipejo, mataba a 8 personas, y servía como cortina de humo para lo sucedido en la isla. Lo que no señalan los periódicos, llamando acto terrorista a los sucesos, es que fue un atentado sí, pero no terrorista. Fue un atentado fascista, un atentado que buscaba un objetivo muy concreto: destruir en su base, la organización del movimiento obrero en Noruega, infundir el terror entre los militantes y entre la clase trabajadora del país nórdico, que asistía enmudecida por el dolor. La isla de Utoya era el paraíso, hasta que en un breve intervalo de tiempo pasó a ser algo que dejaría atrás al infierno de Dante.

69 jóvenes militantes. 69 jóvenes que creían en un futuro mejor para la sociedad. No debemos entrar aquí en si socialdemócratas, anarquistas, comunistas y demás divisiones. El atentado fascista, cometido por un fascista, que no se arrepiente de ello, es un atentado al conjunto de la clase trabajadora, al conjunto de las organizaciones de la clase trabajadora, al conjunto de las organizaciones de la juventud de izquierdas. Por eso, hoy, el movimiento socialista internacional, en completa unidad, debe olvidar ciertas diferencias para sentenciar que ni olvida, ni perdona el atentado fascista en la isla de Utoya, que segó la vida de 69 compañeros, de 69 camaradas, de 69 hermanos.

¡Qué viva la lucha de la clase obrera!
¡Qué viva la lucha de la juventud!
¡Ni olvido ni perdón!
¡Compañeros de Utoya, siempre en la memoria!

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