sábado, 19 de mayo de 2012

permítanme una estúpida reflexión...


“En la escuela del mundo al revés, el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos.”


El sistema se resquebraja por momentos. El Estado burgués, símbolo de una época, monopolio de la violencia legítima entra en declive. Pero ¿Por qué? Una crisis económica ha producido la mayor sacudida a los valores de la civilización occidental en décadas. Todo lo que era estable, se vuelve inconsistente; las verdades absolutas, resultan relativas; el fin de la historia resultó ser un cuento de terror para el que lo pronosticó, y es que la historia sigue viva, y dando lecciones. Heráclito sentenció en su día que todo fluye y nada permanece. La dialéctica hegeliana se apropió de ello, y con la ayuda del padre del socialismo científico, centró sus pies en la tierra, pues patas arriba la había dejado el último filósofo burgués. Pero ¿sólo una crisis económica es capaz de producir algo así? La estructura y la superestructura se complementan, interactúan fervientemente entre ellas. La estructura económica determina en última instancia las formas que surgen en la superestructura: la religión, la justicia, el Estado, la ciencia, la educación, el arte, las letras… pero al mismo tiempo estos elementos que componen la superestructura afectan al corazón de la estructura, y lo cambian o determinan. Y al final del todo, como si de nada, y a la vez todo, se tratara: el hombre. Pues es el hombre quien hace su historia. Su existencia no es un mero transcurrir de secuencias en las que no puede participar, él es la pieza clave en toda la estructura, la que lo da sentido a todo, la que al final se comporta como se comporta y determina la superestructura. El desarrollo de sus fuerzas productivas la locomotora con la que avanza, que sin embargo está sometida, como todo en este mundo, a las mismas leyes de la física. La crisis no es una crisis económica, es una Crisis Histórica, es el fin de una época, una época realmente atípica en el sistema dominante, para enseñarnos (o reenserñarnos) su rostro. El rostro del miedo. Hasta ahora, lo negro había sido blanco, y lo blanco, negro. El dinero se hacía del dinero, y la mercancía quedaba en un segundo plano. La ley de la naturaleza domina las relaciones, como si de algo natural se tratase, y las leyes malthusianas se ven con buenos ojos. Hoy, todo ese mundo se resquebraja por momentos. ¿Por qué? Porque todo fluye, nada permanece.

“Caminar es un peligro y respirar es una hazaña en las grandes ciudades del mundo al revés. Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen. El mundo al revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa, nos reduce a la soledad y nos consuela con drogas químicas y con amigos cibernéticos. Estamos condenados a morirnos de hambre, a morirnos de miedo o a morirnos de aburrimiento, si es que alguna bala perdida no nos abrevia la existencia.
¿Será esta libertad, la libertad de elegir entre esas desdichas amenazadas, nuestra única libertad posible? El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo: así practica el crimen, y así lo recomienda. En su escuela, escuela del crimen son obligatorias las clases de impotencia, amnesia y resignación. Pero está visto que no hay desgracia sin gracia, ni cara que no tenga su contracara, ni desaliento que no busque su aliento. Ni tampoco hay escuela que no encuentre su contraescuela.”

Eduardo Galeano, Patas Arriba, la escuela del mundo al revés.

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