jueves, 26 de abril de 2012

LA EDUCACIÓN: UNA CUESTIÓN DE CLASE

Los ataques lanzados por el gobierno del Partido Popular contra la educación pública son la mayor ofensiva por el desmantelamiento completo de ésta que se ha dado en este país desde la destrucción de la red de escuelas que creó la república por parte del franquismo y la alta jerarquía de la Iglesia Católica española. El discurso general de “no podemos permitirnos algo para lo que no hay dinero”, ha servido como excusa para golpear con fuerza un pilar básico de los derechos de los trabajadores. La educación pública de la que hemos gozado, con sus deficiencias y limitaciones (siempre presupuestarias y a favor de la educación privada concertada), ha sido una conquista histórica de los trabajadores, no un regalo del mal llamado en muchas ocasiones, Estado del Bienestar. Se luchó durante mucho tiempo, a finales de los 70, toda la década de los 80, por una educación pública, gratuita, democrática, laica y de calidad, que dejó muchas lágrimas, sudor, sangre y rabia en el camino. Pero se consiguió, los trabajadores vieron con satisfacción como despegaba un sistema de educación público que permitiría a sus hijos mejorar sus condiciones de vida y, como se suele decir, vivir mejor que ellos. 

La educación, como la sanidad, como muchos otros servicios públicos, no son servicios gratuitos que el Estado da sin más al conjunto de la sociedad. No, frente a esta idea lanzada desde los voceros de la prensa neoliberal, que busca de manera frenética escusas para llevar a cabo planes de privatización de cualquier servicio que se le escape un mínimo, debemos explicar claramente de dónde sale el dinero que el Estado invierte en los servicios públicos. La educación, la sanidad, no son gratuitas, por el contrario, en el caso español salen muy caros a los trabajadores, porque salen de sus impuestos. El grueso de la recaudación del Estado español proviene de las rentas del trabajo, y es de estas rentas de donde se paga la educación pública. 

Aunque el lema de la marea verde, proceso social surgido al calor de las luchas contra el recorte de 3500 profesores interinos en la Comunidad de Madrid, y otras medidas que iban a degradar la calidad del servicio, aunque su lema sea “una escuela pública de todos y para todos”, esto no es cierto. La educación pública es la educación de los hijos de los trabajadores. Es la educación de los que no tienen más que sus manos para trabajar y generar una riqueza con la que mantener a su familia. Esta es una cuestión que hay que comprender. Por eso desde el Sindicato de Estudiantes, organización en la que milito orgullosamente, hemos defendido siempre nuestro claro mensaje de que defendemos a los hijos de los trabajadores. El hijo de la clase burguesa no tiene ningún problema si la educación pública se degrada y se convierte en un basurero social. No, sus padres tienen la suficiente capacidad adquisitiva para enviarlo a cualquier centro privado de élite, donde se imparta una educación de calidad. 

Es por ello que es al trabajador al que le interesa defender la escuela pública y sí, es nuestra, de los trabajadores, y para nosotros, los hijos de los trabajadores. Dejemos de amarillear el discurso con mensajes inclusivos, en tiempos de crisis, la verdad es concreta: el dinero permite al rico pagar la educación que quiera a sus hijos, al pobre el no tenerlo lo condena a no poder dar a sus hijos más que una formación precaria, y esperar que pueda salir pronto a un mercado laboral desregulado en el que será mano de obra fácil de explotar por poco dinero, perpetuando sistemáticamente así la división de la sociedad en clases.

La educación pública es la educación de la clase obrera, ganada al calor de las luchas, y por todo ello, la educación también, como todo en este mundo capitalista, es una cuestión de clase.

Ellos saben perfectamente que la educación es una cuestión de clase, y la desmantelan para el beneficio de la suya.

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