miércoles, 16 de noviembre de 2011

TECNÓCRATAS

El sábado 12 de noviembre de 2011 será recordado por todo el pueblo italiano. Il Cavaliere, el putero, el mafioso, también conocido como Silvio Berlusconi, se veía obligado a dimitir. Se bajó de su poltrona a empujones y puñetazos. Empujones y puñetazos no propiciados por el pueblo italiano, que ha tenido que aguantar todos y cada uno de sus desmanes y bravuconadas, sino que ha sido expulsado del poder por el propio sistema capitalista. Il Cavaliere ha sido otra “víctima” más de la crisis estructural del sistema capitalista. Una víctima, que todos los que nos enmarcamos de alguna forma en ese cajón de sastre que parece la izquierda alternativa y extraparlamentaria, celebramos. 17 años ha mantenido el sistema a este ser, y como circula por la red, no estaremos contentos hasta verlo entre rejas, aunque eso a sus 75 años, y manteniendo su condición de aforado, va a ser difícil. A no ser que la revolución social llame a las puertas de la patria italiana, pidiendo permiso para pasar, aunque ya se sabe que no suele aceptar negativas como respuesta y pasa sin miramientos para espanto de unos pocos que aún se aferran con uñas y dientes en sus sillones suntuosos.

Aún así, la euforia de los italianos (que entonaban el Hallelujah de Händel no sin razón), pronto se verá un poco – si no bastante – frustrada. Me explico. Para sustituir al Cavaliere, los dueños de Europa, y sus agentes más directos, Merkel y Sarkozy, han elegido a Mario Monti, un experto; un técnico; un hombre ni de derechas ni de izquierdas; un hombre que sabe hacer su trabajo y lo va a llevar a cabo; es decir, un tecnócrata. El enviado perfecto para resolver los problemas económicos de Italia en beneficio de… los de siempre. Aquellos que algunos llaman mercados, otros neoliberalismo, y otros más clásicos oye, seguimos prefiriendo esa vieja palabreja “prohibida” que es capitalismo. Monti es el salvador de todos ellos en el Estado italiano. Va a legislar contra el pueblo, pero con la autoridad de ser un experto en lo que hace, y no un político más, de la camarilla berlusconiana. Además tendrá detrás para protegerle a todo el aparato represor estatal. Pero, ¿qué es la tecnocracia? ¿Por qué los ciudadanos deberíamos temerla o no? Remontémonos un poco en la historia universal y podremos dar respuestas claras a estas preguntas inmensas.

Después de la gran crisis de 1907 y la Gran Guerra llegó la época de las revoluciones. Procesos complejos que llenan bibliotecas enteras y que provocaron cambios radicales en el mundo. La Revolución Rusa fue el único de estos procesos que consiguió triunfar y mantenerse en el tiempo, más mal que bien, o más bien que mal, eso ya va en gustos. Pero tanto Alemania, como España, como la propia Italia tuvieron conatos revolucionarios más claros o más oscuros. La cuestión es que a toda época de revoluciones, sigue una lucha encarnizada del enemigo al que se intenta abatir. La contrarrevolución avanzó también en todos los países. En Italia, en Alemania y en la propia España, triunfó bajo el nombre de fascismo. 

El fascismo fue el primer salto al vacío que dio la burguesía para evitar el triunfo de la revolución proletaria, para salvaguardar el sistema capitalista y por tanto sus intereses. La jugada les salió medianamente bien en un principio. El fascismo, apelando a la nación como ente superior a todas las cosas declaraba que, las clases sociales debían ser enterradas, que no debía haber distinciones de ese tipo dentro de la nación. Por ello cargaba con rabia contra los partidos políticos y contra los sindicatos obreros de clase. Ellos eran en primer término los productores de esa falsa idea de las clases y los culpables de minar la unidad de la nación. En nombre de la grandeza de la Patria, se aplastó al movimiento obrero. Y el movimiento comunista internacional dirigido por el Komintern pensaba que “después del fascismo, nuestro turno”. Ilusos, pero eso es otro tema. Lo explicó – entre unos pocos – León Trotski, el triunfo del fascismo significaba la derrota del proletariado. La mayor derrota que se podía imaginar. 

En el ideario fascista se encuentra – hecho que muchos teóricos del capital utilizan para decir que no es lo mismo – la idea de que la industria debe ponerse a disposición del Estado, es decir, de la nación. Pero si analizamos, los miembros más influyentes del movimiento fascista italiano y del nazismo alemán eran también grandes empresarios de esos países. Y los que no ingresaron en las filas, eran asesores a la sombra, o tipos que se habían quedado más a gusto entregando el gobierno a un loco antisemita antes que a los “locos” socialistas que nacionalizaban y otras acciones más atroces. Se habían quedado más a gusto porque sus intereses estaban a resguardo, porque que la industria sirva a la nación y se identifique con la nación, no quiere decir otra cosa más directa que los intereses de la nación son los intereses de la industria, y viceversa, los intereses de la industria, por ser la “nación”, son los intereses de ésta, y al final nos queda que estábamos ante la dictadura directa del capital. El Estado como garante del sistema socioeconómico capitalista sin tapujos, cumpliendo su misión histórica, ser el instrumento de represión de la minoría sobre la mayoría.

Pero el fascismo tenía una tendencia innata a hacer la guerra y acabó cayendo. También hizo bastante la resistencia antifascista y la lucha sin cuartel por un nuevo reparto capitalista del mundo. Tras cada gran crisis, hay una gran guerra. La Segunda Guerra Mundial se sirvió de la chispa del fascismo para encender la mecha de la lucha de clases encarnizada. Dentro de cada país se daban pequeñas guerras civiles, de lo que fue preludio España. Italia, Francia, Grecia, son sólo tres ejemplos de lo más ilustrativos. Y junto a esa lucha estaba la destrucción masiva de fuerzas productivas, y la aniquilación (casi) de Europa. El capitalismo salvó otra crisis como la salva siempre, destruyendo fuerzas productivas y preparando así el terreno para una crisis mayor, Marx no se equivocó.

El fascismo fue el primer recurso del capitalismo para impedir el avance de la lucha obrera. Salió bien en su misión, y mal en su forma. Hechos como el Holocausto y la II Guerra Mundial vienen a demostrarlo. El capitalismo se lo pensaría muy mucho la siguiente vez. 

Durante las décadas de los 60-70 muchos países avanzaron hacia el socialismo, sobre todo en el cono sur de América Latina. Como es el caso más claro, hablemos directamente de Chile. El gobierno de Allende era un claro ejemplo para la socialdemocracia. No hacía falta tomar el poder por la violencia, se podía llegar por las urnas. Y empezaron las reformas. Lo que no se controló eran los elementos fascistas del ejército, y las multinacionales norteamericanas que hacían y deshacían a su antojo en el patio trasero de su casa. Allende cayó a manos de un golpe de Estado orquestado por la CIA y los grupos de más extrema derecha del ejército. Pero lo que siguió en Chile no fue fascismo, como se había dado en los años 30, aunque hubiera conatos protofascistas en algunos puntos. 

Siguiendo una amplia estela, Guatemala, Argentina, Uruguay, Nicaragua, etc., en Chile se implantó una dictadura militar que restablecería la paz, pero no se detendría en realizar una ingeniería social que reconfigurara el mundo chileno. El régimen de Pinochet no buscaba retomar el esplendor del imperio de la antigüedad, ni una Chile “judenfrei”. Buscaba llanamente defender los intereses del sistema capitalista en esos países, destruir el movimiento obrero organizado, y cuando la cosa fuera más normal, reorganizar eso que se llama “democracia” al estilo norteamericano. Todo ello eso sí, bajo la santa cruzada legitimadora contra el comunismo y la URSS. Con una Cuba ya era suficiente.

Así que aquí vemos la segunda salida del sistema capitalista a un cuestionamiento de su poder. La dictadura capital por medio de militares, y apoyado por el Imperio norteamericano. Y todo ello enmarcado en la lucha contra el comunismo y la URSS. Al final, como siempre, en nombre de la libertad y de la democracia, se mata a la libertad y a la democracia.

Sin embargo, estos gobiernos militares tampoco convencieron mucho al sistema una vez caído el bloque soviético. El enemigo a batir había caído solo, fruto de sus propias contradicciones. El socialismo necesita de democracia y participación directa del pueblo, como el cuerpo humano de oxígeno para sobrevivir. Las nuevas invasiones del Imperio se hacen en nombre de la democracia y los derechos humanos, como demostró Irak, y más recientemente Libia.

El sistema necesita una nueva salida ante la inminencia del recrudecimiento de la lucha de clases, y su obvio cuestionamiento. El capitalismo necesita buscar algo nuevo, algo que no haya utilizado antes, aunque si bien el fascismo está descartado, los regímenes militares siempre son el mal menor a utilizar. Ahí es donde entra la tecnocracia. 

La imposición de un reconocido experto como presidente de un país para mantener la situación bajo control es la nueva salida. Y como decía al principio, este experto estará protegido por el Estado, que retomará su función histórica, y dejará de ser ese padre que nos encarrila de vez en cuando. La tecnocracia es el nuevo medio del capitalismo de afrontar la revolución social. Además juega con la variante psicológica. Un experto no puede equivocarse, y hará lo que sea necesario para el bien del país, y lo que haga es correcto porque es un experto. Así se espera que mucha gente razone y se legitime este nuevo orden. Pero se olvida que los estómagos hambrientos pueden mucho más que la “razón” lógica burguesa. Si ésta falla, entonces sacarán a los tanques, con una variante. El gobierno no será militar. Estos sólo lo protegerán porque vela por los intereses de la patria. Serán civiles, tecnócratas que llevarán a cabo aquel principio del despotismo ilustrado, pero un poco reformado, “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo, y primero los mercados”.

Se podría objetar, sin embargo, que siempre nos gobiernan tecnócratas. Que pensar que gente como Berlusconi y sus ministros, o los ministros españoles, no son tecnócratas, o que sus asesores no son tecnócratas, o que los señores Botín y cía., no son tecnócratas, es iluso. Bien es cierto esto. A día de hoy nos gobiernan tecnócratas “democráticamente” elegidos en esa farsa que el sistema liberal llama elecciones para un gobierno representativo. 

Pero hay una cuestión importante. El desarrollo de la técnica viene parejo al desarrollo de la tecnología, y viceversa. La técnica, la especialización, es algo intrínseco a un sistema que se caracteriza por haber llevado hasta el límite la división del trabajo en todas las facetas. Desde una empresa, hasta un país, hasta el propio sistema internacional se halla bajo la división internacional del trabajo. La superación de esta división es esencial, pero ello conlleva un mayor perfeccionamiento de la técnica. Es decir, ni en un sistema que supere al capitalismo, como puede ser el socialista, va a desaparecer la técnica, ni el gobierno de ésta. Lo que cambia es la subordinación de la técnica a las necesidades de la sociedad, y su desarrollo en base a éstas. 

El problema también lo encontramos en que lo sucedido en Italia (y también en Grecia), es el primer asalto de un combate entre capitalismo y democracia. Ésta ha caído en el primer golpe, ¿se levantará?

No hay comentarios:

Publicar un comentario